25 jun 2012

Cafayate

Nos hospedamos en un hostal bastante nuevo, La morada, donde no había casi nadie y teníamos, por $35.-, una habitación compartida para nosotros solos. Lo bueno eran los colchones, gruesos. Lo malo, que la mina era un poco rompe bolas y que no andaba internet, la cocina estaba en obra y el desayuno era bastante choto, cuando había.


Cafayate es más coqueto que los otros lugares donde estuvimos. Tiene una plaza arregladita y ya se podían ver algunos puñados de turistas. Ahí nos quedamos tres noches y fue raro. La señora que atendía tenía un nene chiquito y no se podía quedar quieta, era una mamá un poco pesada y nos hizo sentir que estábamos viviendo con una tutora molesta. 




El primer día anduvimos dando vueltas por el lugar y cenamos unas empanadas, que eran de copetín. Yo estaba con un poco de abstinencia, pero alcanzó para saciar mi hambre de tan exquisito manjar.
Al otro día decidimos hacer dedo hasta la Quebrada de las conchas, a 50km de ahí por la ruta que va a Salta. Caminamos hasta la ruta y tiramos un rato de dedo sin que pase nada. Probamos con un cartel...



pero a la gente del lugar parece no haberles causado simpatía. Después nos cambiamos de lugar y nos paró un Scania que abastecía de cloro a todas las plantas purificadoras de agua de la zona. Al volante, Andrés, un Tucumano muy copado que nos llevó hasta la Quebrada contándonos de su vida y de los lugares que íbamos pasando.
No sabíamos qué íbamos a ver... De pronto, el camino se empezó a poner colorado y unos kilómetros después empezamos a ver unos cerros increíbles, de todos colores, erosionados por 90 millones de años, con unas formas espectaculares. Nos volvimos locos.
Al rato, nos bajamos en la Garganta del Diablo, de la que voy a subir unas fotos porque es medio difícil de describir.



Me acabo de dar cuenta de que no se ve mucho en estas fotos, pero hicimos unos 3D que, cuando pueda armalos, los subo.
Estuvimos un buen rato por ahí y después bajamos al río, que es uno que corre de sur a norte, a tomar unos mates.


Lo genial de ir por nuestra propia cuenta fue que nadie nos corría con el tiempo, como si contratás una excursión. Estuvimos un rato largo ahí y, cuando el sol comenzaba a bajar, nos fuimos a ver el Anfiteatro. Es una caverna descapotable con una acústica increíble donde encontramos a un gaitero ladri y a un cordobés que estaba haciendo nuestra misma ruta, pero en moto.
Cuando decidimos volver, cruzamos la ruta para hacer dedo y, al segundo vehículo que pasó, nos levantaron. Esta vez, Rolo Plast, un salteño que vende todo tipo de artículos de plástico en Cafayate. Nos dijo que en la Quebrada de las conchas se habían filmado dos películas (no sé cuáles, para los curiosos) y nos mostró otros puntos turísticos del lugar que no habíamos visto a la ida.
Consejo dado por Rolo: mandarle tusca al mate que es una planta que está en todos lados y que, ayer, me clavé en el pie, recorriendo las cercanías de Xavi, pero esa es otra historia.

Si alguno anda por Cafayate y quiere comer afuera, barato y bien, les recomendamos El Hornito. Venden comida regional y por, $13.- se quedan más que pipones.

El último día decidimos ir a conocer algunas de las bodegas...
Primero fuimos a Domingo Hermanos, donde nos mostraron algunos viñedos, nos contaron el proceso de realización, nos explicaron cosas sobre cada vino y, por el módico precio de $10.-, hicimos una degustación con queso de cabra de los otros hermanos Domingo.

Consejo: almuercen antes de ir o van a quedar como unos idiotas como nosotros.

La cosa es que las copas venían bastante llenas y nos hicieron probar 4 variedades. Al final quise preguntarles si el tiempo de estacionamiento de las diferentes variedades ya se sabía de antemano o dependía de la calidad de las uvas en la cosecha y me quedé en un balbuceo de lobo marino dopado. Como pudimos, compramos un Torrontés y nos fuimos para el segundo destino.
Llegamos a la bodega Nanni que era un poco más chica que la anterior. Nos explicaron más o menos lo mismo que antes y también degustamos. Con señas, compramos un Tannat y nos fuimos para la última bodega que se llamaba El Tránsito. Ahí nos atendieron dos señoras iguales con la silueta no muy demarcada, dijeron cosas inentendibles y nos dieron de probar más vino sin pagar y les compramos otro vino porque sí.
Esa noche intentamos quedarnos tomando el torrontés y viendo una película pero no funcionó y nos fuimos a dormir a una habitación privada que nos dieron en compensación del servicio raro que nos brindaron por la obra que estaban haciendo en la cocina.
Al otro día nos iríamos para Salta, intentando hacer dedo nuevamente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario