16 jul 2012

Libertador San Martín

Para este lugar nos fuimos en micro. El hecho de volver hasta San Salvador, nos hizo dar fiaca con respecto al dedo. Además, por más que sea poca distancia, en general, te lleva todo el día. Así, pues, nos fuimos caminando con las mochilas hasta la terminal, cerca del mediodía.
Desde allí, salía un colectivo de $20.-. 


Como dato de color, les cuento que, el destino se anuncia, algunas veces como Libertador San Martín y otras como Ledesma, ya que, ahí, se encuentra el ingenio azucarero más conflictivo del país. El motivo se los cuento más adelante.


Nos subimos y viajamos dos horas que se pasaron durmiendo. Lupa dice que el mejor lugar para dormir, hasta ahora, fueron los micros. Yo creo que la privada que nos dieron en Cafayate.


Nuestra idea era pasar de largo Libertador San Martín y parar en San Francisco, del otro lado del Parque Nacional Calilehua, lugar que nos recomendaron por su belleza. 
Cuando llegamos, nos encontramos con una terminal bastante espaciosa y vacía por completo de turistas. Entonces, comenzaba la labor requerida ante cada arribo a una ciudad nueva: inteligencia e investigación.
Lupecilla se quedó con los bolsos en una parecita donde daba el sol (para esto serían las 3 y media de la tarde) y yo salí en busca del micro que nos llevaría hasta nuestro destino final (de ese trayecto, nada que ver con la película). Di algunas vueltas por el lugar y me dijeron que el colectivo en cuestión no tiene oficina de venta de pasajes y que sale, una vez por día, a las 8 de la mañana. 
Genial. 
Nos íbamos a tener quedar ahí, mínimo, hasta el día siguiente.
Pregunté por la oficina de información turística, me indicaron dónde estaba, fui y la encontré cerrada. Una persona me dijo que pregunte en el puesto de información de la terminal, pero no me evacuaron ninguna duda. 
Volví a la parecita y Lupa charlaba con una viejita.
Me fui a preguntar a los negocios si sabían de algún hospedaje, pero nadie sabía nada. 
En la parecita, seguían Lupe y la viejita, para entonces, muy íntimas.
Volví a intentar con la oficina de información turística y, ahora sí, estaba abierta. Era un salón grande, con unas mesitas y sillas de plástico y dos señoras mayores que conversaban entusiasmadamente. Entré y una de ellas se me acercó sonriente, se presentó como Margot y me invitó a tomar asiento. Le comenté la situación y comenzó a contarme la historia de Libertador San Martín, por lo que, deduje, que esa conversación iba a llevar un tiempo más que considerable.
Al principio me dio cosa que Lupe se preocupara, pero después me relajé y hasta pregunté algunas otras cosas.
La señora (que ya casi era mi abuela), me contó los horarios de los micros, las distancias que recorrían divididas en tramos, cada uno de los paisajes que atravesaban en el trayecto, el nombre de los choferes, de los guardaparques, de las parejas de los mismos, el número exacto de parrillas en cada recreo o parador, cómo potabilizar el agua, los detalles del servicio de cada uno de los hospedajes de Libertador San Martín, los precios, la ropa de los recepcionistas, los precios de las verduras en el Mercado Municipal (el morrón verde está barato, el rojo se fue por las nubes), los nombres de cada calle de la ciudad, el por qué de cada uno, los diferentes zonas geográficas de la provincia de Jujuy, recomendaciones de lugares turísticos en otras provincias, la historia de la Independencia, el por qué de incluir arbejas en las empanadas, algunos chistes de gallegos y unos cuantos de "mamá, mamá..."
Cuando terminó, le pregunté sobre lo de Ledesma. A lo largo del viaje, vimos escrachado en las paredes "juicio a Blaquier", "no consuma azucar Ledesma", "Ledesma se la come". Al principio la quiso caretear un poco porque, el ingenio azucarero, es lo único que hay para conocer en Libertador San Martín propiamente dicho pero, luego, aflojó y me cantó la posta.
Resulta que el presidente de Ledesma, Blaquier, colaboró con la dictadura para entregar a gente que estaba militando en contra de los militares. Como ellos poseían casi la totalidad de los pocos vehículos de la zona, sabían mucho sobre el movimiento de la gente del pueblo y alrededores. Una noche cortaron la luz en todo el lugar y los milicos se llevaron a mucha gente. Además parece que se quedaron con tierras de pueblos originarios, explotan a los trabajadores y son amigos de Videla. En aquella época parece que hicieron una fortuna.


En fin, después de recibir toda esta información, volví a buscar a Lupe a la parecita que ya no tenía sol, pero tenía un pibe que me pareció que se quería hacer el lindo. Nos fuimos de toque a buscar dónde pasar la noche.







San Salvador de Jujuy

La Quiaca - Yavi - La Quiaca

De Iruya salimos de noche, como quien comete un crimen. Nos levantamos antes de las 5 de la mañana, nos alistamos y, para las 6, estábamos, arriba del colectivo. El mismo es pequeño, antiguo y uno está congelado con los ojos redondos, más o menos, como debe e

Iruya

Tilcara

3 jul 2012

Purmamarca

Ya en la ruta, empezamos a hacer dedo. No tuvimos que esperar mucho para que nos levanten, a los 15 minutos, más o menos, paró un camión que se ofreció a llevarnos. Demoró lo que tardamos en clavarnos 3 pepas (galletitas). 
El hombre no iba exactamente a San Salvador, pero nos acercaba bastante. Se dirigía a un ingenio azucarero en Ledesma y nos dejaría antes de San Pedro, para que consiguiéramos otro aventón.

El conductor se llamaba Walter y nos contó mucho sobre el trabajo de camionero; mientras pasábamos por General Güemes, donde me bajé a comprarle una gaseosa y un habitante extraño se ofreció a dibujarme. Antes de volver a arrancar, el artista, se trepó al camión para intentar hacernos cambiar de opinión (no queríamos) y se bajó cuando el camión fue puesto en marcha.

Una hora después, nos bajamos en el cruce. Walter seguiría unos kilómetros más hacia su destino y nosotros cruzaríamos un puente para continuar hacia el nuestro. 40km nos separaban de San Salvador y estábamos en el medio de la nada, situación que nos puso ansiosos y felices, ya que el paisaje era increíble y nos hizo sentir aventureros de verdad.





En ese lugar estuvimos una hora viendo pasar camionetas caras con espacio en la cabina y en la caja, conducidas por personas mala onda que ni nos miraban. Comenzamos a replantearnos la ubicación y decidimos avanzar unos cuantos metros para ver si la suerte mejoraba... Resultó que no. 
Volvimos al lugar donde nos ubicamos al comienzo y seguimos esperando. Lupa es muy simpática haciendo dedo.
Pasaban las horas, ya iban 3 y media, y nadie se detenía. Empezamos a pensar en la posibilidad de no poder seguir avanzando, así que me acerqué a un  lubricentro para preguntar por micros y hospedajes; me dijeron que había una YPF a 500 metros. Eso nos dejó tranquilos porque, de última, podríamos pasar la noche ahí.


Desde ese lugar y para toda la gente, una canción. Gracias al auto que le mete el efecto final.



Al rato, vimos que se acercaba una persona con mochila por la banquina. Era Vicente, un chileno que andaba solo, yendo para Perú, que se paró a hablarnos un rato. Nos cayó medio raro y no queríamos que se nos pegue porque, si se nos complicaba conseguir dedo siendo una pareja, más se iba a complicar siendo 3. Por suerte, él mismo dijo que iba a esperar enfrente a que nos levanten a nosotros para, luego, intentar él.
Gracias a Dios y a Vicente (que nos trajo suerte), al ratito, paró una camioneta, conducida por una chica, con una abuela de copiloto y una pequeña niña que dormía detrás. Iban hasta Jujuy y nos ofrecieron llevarnos si no teníamos drama de ir en la caja...

Pero por favor... si estábamos esperando el momento de viajar atrás de una chata!


Llegamos a San Salvador un rato después, todavía con sol. Nos dejaron en la entrada, donde hay un puesto de información turística. Ahí nos indicaron que, a 5 metros, podríamos tomar un colectivo hasta la terminal y que, el boleto, lo podíamos pagar con billetes. Genial.
Así fue que llegamos a la terminal, con la misma idea que siempre le tuve a San Salvador, que era una ciudad fea y que no daba ni quedarse una noche.
Averiguamos, dimos un par de vueltas y sacamos pasajes para Purmamarca. Creo que salieron, algo así como, $20.-, esperamos un rato y nos subimos al micro. Estábamos medio cansados por lo que Lupa se iba durmiendo y yo la iba despertando porque sabía que le iba a encantar ver la quebrada y sus colores.


Llegamos a Purmamarca cuando el sol estaba escondiéndose. Lo gracioso fue que, lo primero que vimos, fue al chileno que nos cruzamos unas horas antes. El tipo no paraba de chamuyar. Mientras agarraba sus cosas (y se le caían de la mano) nos contaba a nosotros que un camión lo había llevado hasta ahí, que iba a hacer noche en Iruya porque le gustaba más y les decía a unas mujeres que era mi manager: "no les traje a los Tekis ni a los Wairas, pero les traje al Gonzalo". Un personaje el pibe, lo empezamos a querer...


Como cada vez que se llega a un lugar, empezamos a dar vueltas averiguando los precios de los hospedajes para dar con el más económico.
Resulta que en Purmamarca, la mayoría, salen $40.-, con horarios para bañarse con agua caliente y sin desayuno ni cocina (porque suelen tener una peña o un pequeño restaurante adelante.
Casi nos quedamos en uno a medio terminar, llamado Don Tomás, donde no había calefacción, los baños estaban afuera y lejos, la cocina era super precaria y nos fuimos casi sin posibilidades de volver. Después caímos en Mamá Coca, donde hablando con el tipo que atendía comprendimos el panorama y, luego de llorarle un poco, conseguimos una habitación casi privada por el mismo precio de las compartidas.


Esa noche dimos un par de vueltas por ahí y terminamos cenando una pizza en un barcito. El combo incluía una cerveza Salta por la módica suma de $32.- 
El frío nos baja bastante, así que miramos para arriba un rato, mientras nos congelábamos en la plaza y después a dormir.


Todo el día siguiente nos lo pasamos en la plaza, escribiendo, tomando mate, mirando a la gente y, cuando ya nos cansamos de estar ahí subimos un pequeño cerro para ver al idem más famoso de la zona, el de los 7 colores.



Dimos unas vueltas más por el lugar, subimos una cuesta para llegar a Los Colorados y seguimos el camino que nos depositaba detrás del cementerio de Purmamarca. 
Cuando el sol cayó, nos fuimos al hostal a hacer un par de cosas que teníamos que hacer como cocer las mochilas. Después nos compramos unas empanadas y un par de vinos que tomamos en escuchando rock nacional del bueno, hasta entrada la madrugada. 


Al otro día nos levantamos, compramos lo de siempre para desayunar (pan y queso de máquina barato), tomamos unos mates, dimos vueltas por el hostel hasta dejar todo listo y salimos hacia el empalme con la ruta que va a Tilcara. Una linda caminata de 3km que, por suerte, no se nos hizo difícil y que disfrutamos mucho. Ya casi llegando al mencionado lugar, encontramos esta ubicación para llevarnos una postal de Purmamarca.





30 jun 2012

Salta

Nos fuimos para el cruce donde sale la ruta para Salta mientras Lupa hablaba con Julia por teléfono y yo me encontraba un 10 de trébol.
Cuando llegamos al lugar, nos desayunamos unos panes con queso y nos ubicamos donde habíamos aprendido que era la mejor opción. Por si alguien no lo sabe o no se lo imagina, una mujer en el grupo, aumenta notablemente las chances de conseguir que alguien te levante en la ruta. En esta oportunidad, ante la mirada angelical de la mujer de la pareja, nos paró una camioneta vieja, roja con un señor que coqueaba mirando fijo el camino y no nos hablaba. En la caja llevaba zapallos, choclo, cayote y algunas otras cosas. Viajamos un buen rato en silencio, pasamos por Quebrada de las conchas nuevamente y el hombre paró en una comunidad chiquita. Ahí nos enteramos que vendía todo eso que llevaba y, unos kilómetros después de esa p
arada, nos preguntó de dónde éramos.
El señor se llamaba Fontana. Vivía con el hermano en Salta, cultivaba y salía a recorrer los pueblos, comunidades y paradores para vender la mercadería. Tenía algunos hijos y estaba separado. La más grande era abogada y uno de los varones se había recibido de ingeniero agrónomo hace poco. Nos contó muchas cosas sobre el campo, sobre lugares para conocer en la cercanía y las diferencias climáticas de cada valle salteño. Gracias a él conocimos pueblos que jamás hubiésemos conocido. En un momento paró a alimentar a unos burros y después juntamos algo de leña.




Don Fontana nos habló mucho de Cachi, lugar que habíamos descartado por no haber colectivos de línea que nos llevaran y por ser una ruta poco transitada, difícil para hacer dedo. Tanto nos habló que, a pesar de poder llevarnos hasta Salta, decidimos bajarnos en El Carril, lugar donde sale una ruta para Cachi y desde donde podríamos tomar un colectivo. 
Ahí estuvimos parado un par de horas, en un pueblo para nada turístico, con un borracho de escolta hasta que decidimos tomarnos el colectivo a Salta y listo: chau Cachi.
El tema es que el norte ya no es lo que era y, las máquinas de monedas y las tarjetas coparon los medios de transporte. El pasaje salía $4.- por persona. Subimos con todo el arsenal monedístico que teníamos y, cuando nos enteramos del precio, nos dimos cuenta de que nos faltaban un par para completar ambos pasajes. Me tiré el lance de que nos deje pasar pagando un solo boleto o de que me acepte algún billete pero el tipo no se ablandó y me dijo que le pida a la gente. Por suerte una señora me recibió la plata y me prestó su tarjeta para pasar en la máquina.
Nos sentamos como pudimos, con todos los vásculos y Lupa se pegó la siesta de su vida. Yo vi pasar los árboles, La Merced, Cerrillos y finalmente los primeros barrios salteños. 
Salta es una ciudad grande. Lu se despertó y nos pusimos atentos para ver dónde podría estar el centro y así bajarnos en un lugar propicio. Pasamos por un lugar del estilo de Once, lleno de gente y lugares comerciales, cuando de repente, decidimos que teníamos que bajar. Gracias a la suerte y el instinto, nos bajamos a 1 cuadra de la plaza principal y en la puerta del hostel Sol Huasi, donde decidimos quedarnos la primera noche.
El recepcionista era un boludo olímpico que nos cayó mal a los dos, el hostal estaba bueno. Pagamos $40.- cada uno, con el desayuno incluido.
Resulta que en Salta vive un amigo de Julia, Roy, con el que habíamos hablado en el camino para que quedarnos con él cuando llegáramos. Debido al cambio de planes, decidimos llamarlo para arreglar para el día siguiente.
Dejamos todas las cosas en la habitación y nos fuimos a recorrer un poco de la ciudad. 
La plaza es muy bonita. A unas cuadras hay una iglesia que no es la catedral pero es interesante de conocer. Después fuimos para una zona donde hay mercados dentro de galerías y lugares para comer bien barato y podemos asegurarles que jamás vimos esa cantidad de gente junta, casi que ni en un recital grande. Era un mar de personas para el lado que miraras. Pintoresco, pero si tuviese que transitar esas calles todos los días me pego un tiro en los frutos de la gallina.
Después fuimos para La Balcarce. Una especie de Palermo a lo largo, con bares y restaurantes y una feria sobre una placita. Nos metimos en un lugar con un patio hermoso a comer una pizza y tomar unas cervezas. Ahí nos atendió un pibe de Buenos Aires que estaba viviendo en Salta desde hacía unos meses y al que le vi cara conocida. Se lo dije, charlamos, nos dimos cuenta de que los dos teníamos bandas allá y concordamos en que nos veíamos cara conocida por compartir el mismo ambiente. Resulta que hoy, Acus, me dijo que era su amigo Simón. El pañuelo es un mundo, como dice el chino.
A la noche, cuando volvimos al hostal, había una pequeña joda entre el salame del recepcionista y un par de pibes pero no nos dieron ni dos ganas de quedarnos así que nos acostamos.


A la mañana siguiente nos encontramos con el mejor desayuno del viaje, así que lo disfrutamos y el recepcionista de la mañana era la antítesis del de la noche. Charlamos con unos coreanos mientras deglutíamos todo lo que había en la mesa (excepto platos, cubiertos, tasas y paneras) y salimos al balcón. Además del día del padre era el día del Gral. Güemes, uno de los padres de la patria y, en conmemoración, miles y miles de jinetes a caballo bajaban de los pueblos cercanos para desfilar ante el monumento del mencionado militar. Ya habíamos hablado con Roy para ir a comer un asado al dique con él y los amigos, pero pasado el mediodía, por esa razón, nos lanzamos a la búsqueda de buenas fotos y de disfrutar del acontecimiento. 
Era impresionante, caballos por todas partes. Nenes, nenas, mujere y hombres, habían pasado la noche en vela frente al monumento como una forma simbólica de sumarse a las tropas del Gral. Güemes quien detuvo al ejército realista mientras en Tucumán se libraba la batalla de la Independencia. Fue realmente emocionante estar ahí. Les dejo unas fotos para que vean, mas o menos, lo que nosotros vimos.





Fue todo un desafío sacar las fotos por la luz natural que había y la situación fuera de lo común pero se sintió muy bien ponerme en la piel del Monje. Cuando se aproximó la hora de juntarnos con Roy el sol se filtró por las nubes, el humo de las parrillas invadió el lugar y se presentó el escenario ideal para sacar fotos. Me colgué un poco y después tuvimos que salir corriendo.


Resultó que el lugar quedaba un poco lejos del hostal como para ir caminando con las mochilas así que esperamos impacientemente que aparezca un taxi rojo salteño. Después de un rato apareció uno y 10 minutos después estábamos en lo de Roy. 

Cuando llegamos vimos mucha gente, nos dijeron muchos nombres y nos recibieron todos con muy buena onda. Pasamos a la casa a dejar las cosas y, a los pocos minutos, estábamos en un auto rumbo al dique La Caldera para comer un asado híbrido carnívoro-vegetariano. En el auto fuimos con Ramiro, Manu y Vero, mientras que Roy, Loly, Nico, Jorge y Alan, iban en moto. El camino a La Caldera era muy angosto y sinuoso, con un paisaje espectacular. Los chicos son muy graciosos así que, si bien estábamos bastante tímidos, lo pasamos muy bien.


Paramos en una especie de puente donde algunos empezaron a hacer el fuego mientras los otros charlábamos y empezábamos a conocernos. Ninguno de los chicos es salteño, son la mayoría del sur y algunos de Santa Fé, pero se fueron a laburar a Salta hace unos cuantos meses.



Mientras se hacía el asado, Nico (el muchacho de la foto anterior) y Roy nos llevaron en moto al pueblo a comprar algunas botellas de agua y cigarrillos. El paseo fue genial. Ni Lupe ni yo habíamos andado mucho en moto por lo que fue muy divertido. El paisaje y el ambiente se sienten de otra forma viajando así.
Llegamos a una despensa donde compramos las botellas de agua y los únicos puchos que había, unos jujeños, los, para estas alturas, amigos CJ. Ya tengo hecho un análisis comparativo con respecto a los Lucky: los CJ tienen el doble de tabaco, por lo que duran más, huelen a fruta y salen la mitad que los famosos golpe de suerte. Tengo que averiguar las características del tabaco de competición para cerrar mi análisis, pero bueno...
Volvimos como para comer. El asado estaba buenísimo pero lo que más disfrutamos fue probar la variedad de vegetales que había preparado Alan. El zapallo se llevó todos los premios, pero también había berenjenas, ajo, zanahoria, zucchini, papa y cebolla. Más que genial.


Después de comer fui intimado a sacar la guitarra y tocar unos temas y después se sumó Jorge. Estuvimos boludeando un buen rato con el kazoo y algún casco que servía de percusión antes de volver. La cosa había arrancado tarde así que, para entonces, el sol se estaba escondiendo y las nubes bajas tapaban los cerros. Un reflejo de colores nos dejó a todos mirando para arriba con los ojos bien abiertos.




Foto de todos juntos:




Una vez en la casa, salieron unos mates a doble termo con tortilla comprada en el camino y nos quedamos charlando un buen rato hasta que se hizo la hora de la cena y Roy tomó cartas en el asunto. Ya estaba haciendo bastante frío y el plan era ir al cerro para ver a Salta iluminada desde las alturas. Nos abrigamos bastante, nos subimos a las motos y para allá salimos Alan y Loly, Roy y Lupa y Jorge y yo. La noche y la ciudad le pusieron todavía más vértigo al paseo, pero ya empezamos a relajarnos (solo un poco). 
Desde que empezamos a subir, la vista fue de increible en mejor. Había poca gente circulando por el lugar porque era domingo a la noche y los pocos autos que vimos estaban aparcados a un costado mientras los pasajeros aparcaban unos sobre los otros... If you know what I mean.
Cuando llegamos a la cima, nos encontramos con un parque solitario donde, durante el día, descienden los pasajeros del teleférico (que sale $15.- por persona) y lo recorrimos espectantes. Los chicos nos contaron que, cuando iban llegando, los que habían pisado suelo salteño con anterioridad, los llevaban a ver la ciudad, por la noche, desde ese punto panorámico, a modo de iniciación.
La vista es increible, creo que una foto jamás podría abarcar tanta belleza. Salta es ENORME y las luces suben y bajan los cerros hasta donde la mirada alcanza a ver. Esa noche, Jorge Rojas (quien cerraba la fiesta del Gral. Güemes) se escuchaba a lo lejos y el escenario, seguramente imponente, se veía del tamaño de la cabeza de un clavo.




La vuelta la hicimos con el motor apagado y parando un par de veces para volver a disfrutar la vista. El silencio y el lugar fueron un cierre estupendo para aquel domingo larguísimo, de situaciones nuevas y gran compañía.


Al día siguiente, Alan y Roy se hicieron lugar para llevarnos a conocer San Lorenzo. Cabe destacar que esto no hubiese sido posible si la grosa de Loly no se quedaba a cargo de las responsabilidades laborales, por tal motivo, un gracias gigante para ella, también. 
Salimos a media mañana, otra vez en moto (ahora sí más tranquilos) y, con el sol sobre nuestras cabezas, el viaje no fue tan frío. Charlamos mucho con Alan sobre los aprendisajes y sobre las casas carísimas y coquetas que se dejaban a ver a ambos lados. Paramos, por primera vez, enfrente de un hotel, donde pudimos, además de disfrutar de un bosque increible, escuchar el sonido de un pájaro carpintero que intentaba agujerear un tronco. 




Seguimos un poco más, donde bajamos hasta el río y después nos fuimos a almorzar a un parador donde nos clavamos una docena y media de empanadas con una cerveza Salta. En realidad la cerveza me la tomé yo y las empanadas las comimos, en su mayoría, Lupa y yo, ya que los chicos son mucho más sanos.
En ese lugar, hace no mucho, asesinaron a las francesas, en el camino que recorrimos sin adentrarnos demasiado. Pudimos ver la ciudad desde lo alto, pero de día, otra mirada completamente diferente a la de la noche anterior; también muy linda.


A la vuelta nos dejaron en el centro para que hagamos un par de cosas, como comprarme zapatillas, pero como no teníamos la tarjeta, solo me las probé y caminamos las 30 cuadras hasta la casa. Con el poco efectivo que teníamos encima, compramos un par de vegetales para aportar al guiso de lentejas que hizo Loly esa noche.
A día siguiente queríamos salir para Purmamarca, pero antes, pasaríamos por el centro a resolver cuestiones monetarias y de calzado, que nos habían quedado pendientes.


Nos levantamos temprano, nos despedimos de los chicos que ya no veríamos y nos fuimos para el centro. Estuvimos dando un millón de vueltas para comprar algunas cosas que necesitaba Lupa para hacer las artesanías. Descubrimos que la calle Jujuy es como la calle Warnes de Buenos Aires, que las milanesas de los sánguches callejeros parecen radiografías del sol, averiguamos precios de pinsas en Ferretería Gay, compramos las zapatillas que, finalmente, me rompieron todo el talón derecho y pasamos un buen rato en la plaza principal viendo la jura de la bandera de los salteñitos de 4to grado. 
Mientras hacíamos todas estas cosas, nos dimos cuenta de que ya era medio tarde para salir a la ruta a hacer dedo, por lo que llamamos a Roy para ver si podíamos quedarnos una noche más y salir a la mañana siguiente. Me dijo que no sea pavote, que MAS VALE que podíamos quedarnos; un genio.
En la plaza conocimos a una chica que vendía artesanías relacionadas al calendario Maya. Me dijo que yo tenía el mismo KIN que ella, enlazador de mundos autosuficiente y que tenía que trabajar en mi ego y desaferrarme de las cosas. A Lupa le dijo que haga las cosas que le gustan porque sino está todo mal. Estuvo bueno ese momento. También nos metimos en la Catedral y vimos un dispenser de agua bendita.
Otra vez nos volvimos caminando desde el centro a la casa de los chicos donde cenamos con Manu y Vero que pasaron un rato e intentamos ver una película. No funcionó muy bien porque, debido al cansancio. 15 minutos después, estábamos doblados y con los ojos en blanco.


A la mañana siguiente desayunamos, nos pegamos una ducha y Alan y Roy, nos llevaron con las motos a la ruta que va hacia Jujuy para que pudiéramos hacer dedo. Paramos en el camino a comprar provisiones y luego nos dejaron a la salida de un tunel, donde empalma la salida de Salta con la ruta.


La verdad es que no esperábamos encontrar tanta buena onda, hospitalidad, aprendiasaje y sentirnos tan cómodos en un lugar que no era nuestra casa, pero que terminamos sintiendo como tal. Se portaron tan, pero tan bien con nosotros, que nos daba cosa. Fueron unos días increibles, en los que hicimos muchos amigos y conocimos bastante de una ciudad hermosa. Gracias Roy, Alan, Loly, Jorge, Nico, Manu, Vero, Ramiro y Misha (la gata, que no la nombré pero, cada día, compartimos algún rato de juego dentro y fuera de la casa). De más está decir que esperamos cruzarlos pronto, en la ruta o donde quiera que estemos.

25 jun 2012

Cafayate

Nos hospedamos en un hostal bastante nuevo, La morada, donde no había casi nadie y teníamos, por $35.-, una habitación compartida para nosotros solos. Lo bueno eran los colchones, gruesos. Lo malo, que la mina era un poco rompe bolas y que no andaba internet, la cocina estaba en obra y el desayuno era bastante choto, cuando había.


Cafayate es más coqueto que los otros lugares donde estuvimos. Tiene una plaza arregladita y ya se podían ver algunos puñados de turistas. Ahí nos quedamos tres noches y fue raro. La señora que atendía tenía un nene chiquito y no se podía quedar quieta, era una mamá un poco pesada y nos hizo sentir que estábamos viviendo con una tutora molesta. 




El primer día anduvimos dando vueltas por el lugar y cenamos unas empanadas, que eran de copetín. Yo estaba con un poco de abstinencia, pero alcanzó para saciar mi hambre de tan exquisito manjar.
Al otro día decidimos hacer dedo hasta la Quebrada de las conchas, a 50km de ahí por la ruta que va a Salta. Caminamos hasta la ruta y tiramos un rato de dedo sin que pase nada. Probamos con un cartel...



pero a la gente del lugar parece no haberles causado simpatía. Después nos cambiamos de lugar y nos paró un Scania que abastecía de cloro a todas las plantas purificadoras de agua de la zona. Al volante, Andrés, un Tucumano muy copado que nos llevó hasta la Quebrada contándonos de su vida y de los lugares que íbamos pasando.
No sabíamos qué íbamos a ver... De pronto, el camino se empezó a poner colorado y unos kilómetros después empezamos a ver unos cerros increíbles, de todos colores, erosionados por 90 millones de años, con unas formas espectaculares. Nos volvimos locos.
Al rato, nos bajamos en la Garganta del Diablo, de la que voy a subir unas fotos porque es medio difícil de describir.



Me acabo de dar cuenta de que no se ve mucho en estas fotos, pero hicimos unos 3D que, cuando pueda armalos, los subo.
Estuvimos un buen rato por ahí y después bajamos al río, que es uno que corre de sur a norte, a tomar unos mates.


Lo genial de ir por nuestra propia cuenta fue que nadie nos corría con el tiempo, como si contratás una excursión. Estuvimos un rato largo ahí y, cuando el sol comenzaba a bajar, nos fuimos a ver el Anfiteatro. Es una caverna descapotable con una acústica increíble donde encontramos a un gaitero ladri y a un cordobés que estaba haciendo nuestra misma ruta, pero en moto.
Cuando decidimos volver, cruzamos la ruta para hacer dedo y, al segundo vehículo que pasó, nos levantaron. Esta vez, Rolo Plast, un salteño que vende todo tipo de artículos de plástico en Cafayate. Nos dijo que en la Quebrada de las conchas se habían filmado dos películas (no sé cuáles, para los curiosos) y nos mostró otros puntos turísticos del lugar que no habíamos visto a la ida.
Consejo dado por Rolo: mandarle tusca al mate que es una planta que está en todos lados y que, ayer, me clavé en el pie, recorriendo las cercanías de Xavi, pero esa es otra historia.

Si alguno anda por Cafayate y quiere comer afuera, barato y bien, les recomendamos El Hornito. Venden comida regional y por, $13.- se quedan más que pipones.

El último día decidimos ir a conocer algunas de las bodegas...
Primero fuimos a Domingo Hermanos, donde nos mostraron algunos viñedos, nos contaron el proceso de realización, nos explicaron cosas sobre cada vino y, por el módico precio de $10.-, hicimos una degustación con queso de cabra de los otros hermanos Domingo.

Consejo: almuercen antes de ir o van a quedar como unos idiotas como nosotros.

La cosa es que las copas venían bastante llenas y nos hicieron probar 4 variedades. Al final quise preguntarles si el tiempo de estacionamiento de las diferentes variedades ya se sabía de antemano o dependía de la calidad de las uvas en la cosecha y me quedé en un balbuceo de lobo marino dopado. Como pudimos, compramos un Torrontés y nos fuimos para el segundo destino.
Llegamos a la bodega Nanni que era un poco más chica que la anterior. Nos explicaron más o menos lo mismo que antes y también degustamos. Con señas, compramos un Tannat y nos fuimos para la última bodega que se llamaba El Tránsito. Ahí nos atendieron dos señoras iguales con la silueta no muy demarcada, dijeron cosas inentendibles y nos dieron de probar más vino sin pagar y les compramos otro vino porque sí.
Esa noche intentamos quedarnos tomando el torrontés y viendo una película pero no funcionó y nos fuimos a dormir a una habitación privada que nos dieron en compensación del servicio raro que nos brindaron por la obra que estaban haciendo en la cocina.
Al otro día nos iríamos para Salta, intentando hacer dedo nuevamente.

Tafí del Valle - Amaicha

El camino a Tafí del Valle está buenísimo. Va dando vueltas a los cerros por dos horas, más o menos, y las vistas son espectaculares. Cuando llegamos, caminamos un par de cuadras con todos los bolsos y después me quedé en una esquina a cuidarlos mientras Lupa hacía algunas averiguaciones. Una viejecilla nos mostró un cuarto privado con baño a $40.- pero nos decidimos por otro que salía $50.- con desayuno, cena y Wi-fi, cosas que esa viejecilla horrenda jamás podría ofrecernos. 
El hostal se llama Nómade, lo atiende un pibe de Villa Gesell, poseedor de una calma admirable. A la noche cocinaba. La primera se mandó unos fideos caseros muy buenos.
Tuvimos que caminar unas cuantas cuadras porque el lugar estaba un tanto alejado del centro. Cuando llegamos nos atendió una chica que creimos fumada ya que, lo primero que nos dijo fue: llegaron justo para la canción de Sin Kodificar. Después estuvimos charlando un rato sobre los viajes y hacer las cosas que a uno le gustan. Buena onda, estuvo tocando en el tunel de la estación de Ramos Mejía con unos pibes que conoció ahí. Tocaya de Lupa la chica.


El primer día dimos unas vueltas por el pueblo y paramos a tomar unos mates en un paredón de una chacra. Imágenes... YA.



A la noche hice fuerza para quedarnos a tomar algo y mirar para arriba, pero el sueño y el frío no ayudaron mucho. Un trago de vino y dormir los dos. 
Al otro día intentamos hacer una caminata hasta la ciénaga, pero nos perdimos en la mitad, nos chocamos contra un alambrado y nos volvimos.


Estuvimos un par de noches ahí y nos fuimos para Amaicha en micro. Es un lugar mas chico que Tafí. Tony nos había recomendado el hostal Pacha Kuti. Cuando llegamos nos atendió un pibe de rastas y nos dijo que podíamos tirar colchones en la recepción por $30.-, lo que nos pareció genial porque teníamos poca plata. Después de eso, nos dijo que era un huésped, que los dueños habían salido. Cuando los tipos volvieron ya no tenían opción, porque conocíamos las ventajas para hippies. Al toque cayeron unas mexicanas que descubrieron el secreto y, al final, nos metieron a todos en una pieza por el precio de los colchones con la obligación de guardar silencio sobre lo sucedido para engrampar a los próximos viajeros con el precio habitual.


El pibe de rastas se llamaba Fabián y estaba viajando con dos chicos que había conocido en el tren, Lucho y Gimena. Nos invitaron a comer con ellos una especie de salpicón de ave. Muy buena onda.
Más tarde se fueron a caminar y con Lupa encaramos para el río a tomar unos mates. Lindo lugar, un cañadón enorme para un hilo de agua finito. Nos quedamos un buen rato y, a la vuelta salió un partidito de truco con los chicos.


Lucho tenía un djembé y unos accesorios de percusión, Fabián una armónica, así que saqué la viola, el cajón y estuvimos zapando un buen rato, con un entretiempo de polenta hecha por Gimena.


Un tema importante fue el dinero. 
Sacamos plata en Tucumán para vivir en Tafí y Amaicha porque pensamos que no había cajeros y, al amanecer luego de la zapada, teníamos alrededor de $10.-. El dueño del hostal nos dijo que había un cajero en la entrada al pueblo y para ahí nos fuimos. Nos encontramos con que no tenía plata, por lo menos, hasta dos días después, según un tipo que laburaba por ahí.
Antes de irnos de Amaicha queríamos hacer las ruinas de Quilmes, que están ahí cerquita, pero decidimos sacrificar ese paseo (o intentar hacerlo desde Cafayate) y hacer dedo para irnos.


Esa mañana desayunamos y nos fuimos a la ruta. Al llegar, pensando que íbamos a estar ahí sentados un buen rato, saqué la guitarra. A los 5 minutos paró un auto, con una parejita, y nos levantaron. Tuvieron que hacer lugar en el baul y adentro para que podamos meter nuestras cosas y nosotros mismos.
La verdad es que fue un dedo genial. No solo nos llevaron hasta la plaza principal de Cafayate sino que, también, nos invitaron a hacer el paseo de las ruinas de Quilmes.



Maxi labura en la Peugeot, como sub-algo y viaja a China, seguido, a comprar partes, así que nos estuvo contando su impresión sobre ese país y su experiencia. 
Entramos al dedo por la puerta grande.



San Miguel de Tucumán

Buenas madrugadas, habla Go. Aprovechando el no poder dormir por tener la boca seca como alfajor de talco, me vine a escribir un poco y a tomar unos mates.
Estamos en Tilcara, provincia de Jujuy, desde hace unos días. Hoy salimos a vender torta fritas pero nos alcanzó, solamente, para cubrir los gastos. De todas formas fue una buena experiencia. Estuve tocando la guitarra en la plaza y me aflojé bastante. Estamos aprovechando que el hospedaje es muy barato para que Lupa se arme un stock de artesanías y yo prepare un repertorio interesante. Todavía no hay gente pero, según dicen, cruzando a Bolivia, ya se puede laburar bien. Nos cruzamos con chicos que andan tocando, jugando con pelotas en los semáforos, tirando paño y todos nos dijeron más o menos lo mismo.


No escribimos antes porque internet andaba escaseando. Voy a aprovechar esta desvelada para subir algunas fotos y contarles qué anduvimos haciendo.


El comienzo fue el viernes 8 de junio, saliendo hacia Tucumán, en tren, desde Retiro. El camarote es una experiencia extraña e interesante. Lo mejor de todo es que dormimos el 80% de las 27 horas que demoró en llegar a destino. Al rato de salir convertimos el asiento en cama y nos la pasamos tirados, mirando por la ventana. Algunas veces, sentados, como demuestra la siguiente foto.




Para Yamas que estaba interesado en la experiencia camarote, cuento que hay una mesa que esconde un lavatorio, te dan un kit de higiene personal, sábanas, dos botellas de agua, tenés un dispenser a tu disposición e incluye el desayuno del día siguiente en el salón comedor. Cuando se arman las dos camas, quedan cuchetas (con escalera y todo). Hay unos tren-mozos que andan dando vueltas y que en un momento golpearon la puerta con un desodorante de ambiente para ver si éramos nosotros los que estaban fumando... No éramos.


Llegamos cerca de las 13 horas y, a los 5 minutos, nos dimos cuenta de dos cosas: llevábamos demasiado equipaje y no estamos en un gran estado físico. Hoy puedo decir, orgullosamente, que la primera la solucionamos y la segunda mejoró bastante.
Salimos de la terminal cargando las dos mochilas grandes, una de mano cada uno (más pesadas que las grandes), la guitarra y el cajón peruano (objeto menos cómodo del mundo para andar mochileando). Tuvimos que caminar unas 12 cuadras hasta la plaza Independencia, la principal, de San Miguel de Tucumán. Ahí encontramos el puesto de información turística, donde una Mercedes Sosa de piedra, sonreía a punto de golpear un bombo... que nunca golpea, claro, ya que, de golpearlo, todo el mundo correría asustado. Ademas, estatua viviente bombista, nos es bien vista. En fin... Nos quedamos en el hostal El mundo, que nos albergaba solamente a nosotros esa noche. 
La pieza estaba adornada rústicamente con pintadas sobre Italia. Nos acomodamos y, después de un rato, nos fuimos al parque 9 de julio a tomar unos mates. La ciudad nos pareció muy limpia. Está llena de naranjos con sus respectivas naranjas. Una se cayó delante nuestro como dándonos la bienvenida.
Al rato de estar en el parque bajó el sol y ya no fue placentero. Intentamos comer, por tercera vez, unos rosquetes que compré cuando paró el tren en La Banda, Santiago del Estero, pero ni con onda pudimos. Sí... rosquetes.
Esa noche nos tomamos un vino en el balcón de la pieza, nos cocinamos unos fideos con salsa en una cocina sin ventanas donde hacía más frío que arriba de la montaña y nos acostamos en la misma cama para no morir de hipotermia. Recién ahí caímos en la cuenta de que, el viaje que pensamos desde antes de conocernos, estaba en marcha.


Iván Fotos.




A la mañana siguiente nos levantamos, desayunamos con el recepcionista que se parecía al fan de Wanda Nara y salimos para la Casa Histórica de la Independencia, Casita de Tucumán, para los amigos. Enganchamos justo la visita guiada que fue muy emocionante. Nos contaron un par de detalles muy interesantes sobre las batallas de Independencia, tácticas y sobre Güemes aguantando los trapos en el norte. El salón de la Jura está bastante original y fue muy bueno visitarlo.



Después de eso, fuimos a buscar las cosas al hostal y nos mandamos para la terminal que quedaba a unas 7 cuadras para irnos a Tafí del Valle.